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Desde mi Balcón Natalino: Los hijos del carbón

    
En el último  Festival de Cine, gracias a una idea de la docente porteña Maria Angélica Morales, se dio un ejemplo de integración entre  realizadores natalinos y rioturbienses. 
 
Jóvenes aprendices de cineastas  con sencillas camaritas de video, hicieron una tarea que por nobleza  corresponde.  Siempre deberá estar en el conciente colectivo de los natalinos, lo mucho que hemos recibido como ciudad de la explotación del carbón en  el mineral  argentino de Río Turbio. 
 
Con vehemencia  he sostenido que, todo lo que se entregue a Natales, por  parte de las iniciativas gubernamentales chilenas, va a ser insuficiente, frente al aporte que por treinta  años  el país vecino entregó, para hacer posible  la soberanía chilena en la provincia de Ultima Esperanza.

En invierno fui entrevistado por el equipo de filmaciones.  Me pidieron hiciera un análisis de cómo había  evolucionado la mano de obra chilena, que hizo  posible la contribución  en la explotación del carbón argentino. Recordé que en 1950 a raíz del nacionalismo existente en la Argentina de  Perón, dejaron de llegar las cabezas de ganado,  de la Provincia de Santa Cruz,  para ser faenadas en nuestros dos grandes frigoríficos natalinos. Sobrevino la desazón y la cesantía local; pero donde se cierra una puerta se abren muchos portones.  Rápidamente nuestros matarifes, enfardadores, triperos  y toneleros, fueron recibidos en Río Turbio y enviados a sacar  carbón a los profundos socavones.

En la Argentina de  aquellos años,  que seguía creciendo mientras sus habitantes dormían, fueron chilenos los que permitieron hacer grande  el despreciado territorio patagónico argentino.  En el fondo de la mina, nuestros esforzados mineros chilotes, se encontraron con los argentinos  despreciados y pobres; con los “cabecitas negras” o “bolitas” que venían de las provincias de la otra Argentina, la del norte, del Chaco, Formosa y Jujuy.  El  gas grisú en el interior de mina  no dirimió nacionalidades, arrasó con  todos, trayendo lágrimas y huérfanos en ambos lados de la frontera.

El  día de la proyección de  “Poh -Ché” en el Gimnasio transformado en Cine,  agradecí la invitación a estar con los demás  animadores del documental, ahí en primera fila. Me fui a los asientos de la galería. Pude captar algo que no lo habría observado en los palcos preferenciales. 
 
Palpé el arrobamiento de los espectadores por seguir la trama del film. Llevada esta filmación a otros escenarios, habría que subtitularla a nivel de traducción. Pero el público todo lo entendía, era nuestro lenguaje que daba lugar a momentos de hilaridad y de lagrimones fáciles. Eran nuestras vivencias  reflejadas en  ese espejo  maravilloso que es el cine. Era, en definitiva, una rebelión inconsciente contra la enajenante globalización.
 
Ramón Arriagada Sepulveda