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DESDE MI BALCON NATALINO :LOS CLAMORES DEL SILENCIO.

    
Escribe: Ramón Arriagada

En estos días los chilenos, a quienes no nos tocó la desgracia de vivir en las regiones  afectadas por  el terremoto - el más  cruento de la historia - de un país condenado a ser epicentro de la furia de la tierra;  fuimos espectadores de una cruel cámara indiscreta. Ello,  porque vimos a compatriotas nuestros, sin que ellos pudieran verse,  entregados a violentos actos contra la propiedad.   Tranquilas dueñas de casa,  obreros del campo y la ciudad, estudiantes acompañados de avezados decerrajadores, se dedicaron a saquear  grandes superficies comerciales, hasta ayer considerados  templos inmaculados del consumo.   Esos mismos espacios que mostrábamos al mundo,  como instancia de democratización  de un  país,   con una de las peores distribuciones del ingreso.

Hasta ahora los  supermercados eran noticia por ser considerados los grandes reguladores del gasto de alimentación de todos los chilenos. Pese a que  sus ventas se regían por la máxima aquella de “una isla de ofertas en un mar de ganancias”. A las ciudades donde llegaron fueron las tumbas de los comercios pequeños y de  barrios.  Lástima por ellos,  porque pasaron a ser el centro de atención   de los ciudadanos endeudados para poder  sobrevivir.

La trama macabra, que dio lugar  a la  masa  destructora  de Concepción, se  venía fermentando hacía ya mucho tiempo. Creo ser bastante conocedor de esa ciudad. Desde mis años universitarios, nunca he perdido contacto y siempre estoy volviendo a ella.

No se necesita haber estudiado comportamiento colectivo, para comprender el fenómeno que se ha vivido en Chile, territorialmente en las grandes ciudades. Fue magistral la clase de estratificación social de Coco Legrand en el último Festival de Viña. La segmentación territorial de la vivienda en Chile en los últimos años ha sido salvaje.  Aquello, de los ciudadanos de la cota 1000 en Santiago,  no merece  mayor explicación.  

Una turba hambrienta,  con  una casa inhabitable, después de haber sufrido el violento e inexplicable golpe mortífero de la naturaleza;  que primero sintió  estupor, luego miedo y al final una  bronca  profunda.  Para ir a  sacarse la rabia en Santiago, deben viajar por lo menos  dos horas  en bus.  En Concepción a la horda primitiva le bastó cruzar la línea del  tren y  descerrajar un Lider,  que era un palacio de la abundancia,  en los límites con el Concepción más pobre, aquel imposibilitado  de gozar de las grandes oportunidades del modelo.  Lumpen proletario, aquel  que en sus casas eternamente de emergencia, lucía en los meses de campaña bosques de banderas de la alcaldesa UDI  de Concepción, Jacqueline Van Reisenberger.