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PIROMANOS SON LOS QUE CALLARON

Los incendios forestales que nos han impactado por estos días  ya  están entregando sus lecciones:  los tiempos de la tierra no son como los nuestros y el hombre no puede intervenir la naturaleza sin pagar graves consecuencias. Las empresas forestales, jamás les dijeron a los habitantes de los lugares  donde  plantaban bosques de pinos y eucaliptus, que el ecosistema  debería sobrellevar la falta de agua y la acidez del suelo. Serían  daños acumulativos,   con un final,  como el de hoy, que  tiene transformada en hoguera a la zona central de Chile.

Nadie les informó a los Onas que las ovejas traídas desde las Malvinas a Tierra del Fuego, no eran de ellos, pese a que inocentemente las llamaron “guanacos blancos”; nadie les dijo que la introducción de los indefensos animalitos los haría desaparecer como pueblo de la faz de la tierra. En la cercanía, las salmoneras jamás nos dijeron que producir alimentos para salmones  iba a significar la depredación de especies como el jurel y la merluza de nuestros mares. En Ultima Esperanza, nadie nos dijo, que al haber especies salmonídeas introducidas  más voraces - iban a terminar- al llegar a ríos y lagos  con las truchas  nuestras.

Por ello, hombres de ciencia, cuando hablan de los éxitos del desarrollo económico neoliberal  del país, afirman ha  sido  a costa de dos pecados ecológicos gravísimos: permitir la pesca de arrastre  industrial  por la gravedad en la desaparición de la fauna marina. Lo otro, la sustitución del bosque  nativo por especies foráneas no apropiadas  para la zona central, degradando la tierra,  generando un escenario fácil de incendiar. Pero lo más grave es que los bosques de eucaliptus y pino radiata, impidieron el desarrollo del llamado sotobosque con la flora y la fauna del bosque nativo.

Al ver las llamas sobre  Portezuelo y San Nicolás en la zona de Ñuble, recordaba mis aventuras en las vacaciones en uno de los vallecitos cercanos a los lugares hoy arrasados por el fuego. Cuando niños íbamos al “Cajón de la Maravilla” en vacaciones de verano. Largas caminatas por entre bosques nativos de hualles, maquis, boldos, espinos, lingues, litres y culenes; cuando era un juego aprender las cualidades curativas de esos arbustos frondosos.  Complementando el paisaje,  añosas viñas donde se producía cepas traídas desde España por los conquistadores, como la Moscatel de Alejandría, más conocida como uva Italia. Eran tierras, parte de antiguas encomiendas españolas, entregadas en tiempos pretéritos  seguramente a soldados que las ameritaron.  Casas levantadas en las terrazas de un gran anfiteatro de bajos cerros en cuya planicie estaban los campos viñateros. En lo demográfico  al parecer había rasgos endogámicos, pues se repetían los apellidos y muchos de los campesinos del lugar tenían rasgos caucasoides europeos. Por las tardes se llamaban a gritos de un lado a otro del Cajón de la Maravilla para encargos y noticias. Era un paisaje idílico, que recuerdo con mucho aprecio. Estos bolsones poblados se multiplicaban por doquier en esa cordillera nuestra de la costa.

No volví a ese paraíso perdido. Los descendientes de aquellos viejos pobladores, no quisieron saber de esos campos pobres y se fueron a la ciudad. Valles, montes y quebradas se fueron transformando en interminables monocultivos de pino radiata y eucaliptus gobulus.  La economía cortoplacista, el crecimiento no respetando las leyes de la naturaleza, llevó a muchos propietarios de la tierra a aceptar las plantaciones de especies exógenas,  más aún sin el gobierno las fomentaba financiando el 75 por ciento del costo. En esta fiebre, el bosque nativo, fue  “chipiado” o quemado para carbón de espino, de litre, de hualle.  Los arbustos que conocí, llegaron a los hogares como esa leña húmeda, ahogando en invierno a los habitantes del  centro de Chile.

 

Los bosques que eligió el hombre,  eliminaron la humedad de la tierra por debajo y se fueron transformando  en detonantes  de los infiernos de este verano calcinante.  Como dice el doctor Alejandro Peña, de la Universidad  Católica del Maule, bastó la modificación de una sola variable, ésta fue la temperatura del aire  a consecuencia del calentamiento global, para transformar los bosques del milagro forestal en yesca viva.