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BERNARD JACQUES, EL MÉDICO HAITIANO, QUE EMBALA MARISCOS EN PUERTO NATALES

En los próximos días se pondrán en funcionamiento las instalaciones de nuestro nuevo hospital local. Para lograr esta hermosa obra que contribuirá al bienestar de la población de Ultima Esperanza, confluyeron en el tiempo muchas voluntades, expresando desde nuestros lugares de responsabilidad comunitaria, que obras son amores y no buenas razones. Aún  tengo en mi retina el bus de los años 80 y 90, lo más vergonzoso de nuestra historia reciente; partía los días miércoles con su cargamento de natalinos convalecientes, algunos con oxígeno y sueros, buscando mejoría en Punta Arenas.

Había que recorrer quinientos kilómetros, a veces,  en condiciones adversas  del  camino en días de invierno. Era lo que el sistema podía ofrecer. Éramos por entonces un país pobretón, que aún no calificaba como país en vías de desarrollo, por lo tanto, en salud ni siquiera éramos capaces de tener estadísticas tan sofisticadas como las de hoy, que dan cuenta de cuántos de nuestros ciudadanos  fallecieron  esperando  ser atendidos  de  sus dolencias.

En un país de grandes desigualdades en la repartición de la riqueza es bueno que los gobiernos construyan éste tipo de establecimientos para la salud de la población. El edificio natalino, pronto a partir, es tal vez,  mejor en  construcción y acomodaciones, que cualquiera de los hoteles de muchas estrellas instalados en la provincia nuestra.  No estoy magnificando el logro, ni tampoco halagando a las autoridades del actual gobierno, que evaluaron  positivamente la necesidad en Puerto Natales, de un establecimiento de tal envergadura.

Pero esta obra soberbia, reconozcámoslo, no será posible en el tiempo, sin el concurso de muchos profesionales venidos de otras partes de Chile y el extranjero para involucrarse con esta iniciativa. En especial vale  destacar la llegada de personal médico extranjero, cuyos especialistas le darán un rango merecido a la misión del establecimiento. Son las grandes ventajas de la migración extranjera hacia nuestro territorio.

A propósito de migrantes llegados a Chile, el grupo que más llama la atención por sus características  culturales, idioma y costumbres son los haitianos.  Se calcula que ingresan al país alrededor de 170 ciudadanos  de esa nacionalidad. A diferencia de los llegados de otros países, ellos tienen la limitación del idioma, pues hablan  el “créole”,  versión de un francés criollo bastante modificada de acuerdo a cada región de Haití.

Pese a que la mayoría son evangélicos al llegar a Santiago parten a la parroquia católica  San Saturnino en el barrio Yungay. En el lugar aprenden español, a confeccionar currículum y a ofrecer sus servicios a través de una Bolsa de Trabajo. En el diario “La Segunda”, el sacerdote Juan Carlos Cortez, a cargo de la misión, cuenta la trayectoria migratoria en Chile del médico haitiano Bernard Jacques Regnor de treinta y siete años, quien lleva hace ya siete meses trabajando nada menos que en Puerto Natales. No precisamente en su profesión, si no como embalador de congelados en una empresa pesquera.

En Puerto Príncipe,  Regnor dejó a su esposa y dos hijos ( 4 y 7) una casa y un auto. “Tengo estudios y capacitación para hacer cosas buenas, pero allá en mi país las cosas están de peor en peor. Pero como tengo a mi familia tengo que salir adelante”, dice.  Sigo citando al diario capitalino, donde aparece la crónica, cuando se le pregunta qué le parece Puerto Natales, Regnor dice entusiasmado: “ Yo quiero vivir en el fin del mundo, quiero quedarme y trabajar acá”.

 

Son los hechos de vida que nos traen los migrantes. Seguirán llegando para  contribuir al desarrollo y progreso de Puerto Natales. Como natalinos,  veamos  en cada uno de ellos, compañeros de destinos, que vienen a esta parte de Chile con las mismas motivaciones de nuestros padres y abuelos, que llegaron aquí desde lejos y para siempre.